Esto no es contenido. Es mi vida.

Las heRidas también aman

Hay heridas que no sangran, pero aprenden a hablar por nosotros.

Hablan cuando sentimos miedo de que alguien se vaya.
Cuando confundimos distancia con abandono.
Cuando un rechazo pequeño despierta un dolor desproporcionadamente grande.
Cuando necesitamos sentirnos elegidos para sentir que valemos.

Y, sobre todo, hablan cuando intentamos amar sin haber entendido todavía desde dónde estamos amando.

Hay personas que aprenden desde muy temprano que el amor y la seguridad no siempre llegan juntos.

A veces ocurre después de una experiencia que rompe demasiado pronto la inocencia. Una situación que un niño ni siquiera tiene las herramientas para comprender puede cambiar silenciosamente la forma en que interpreta el afecto, el contacto, la confianza y la vulnerabilidad.

Los adultos también pueden tener miedo de hacer daño intentando proteger.

Y entonces aparecen las distancias.

Menos abrazos.
Menos cercanía.
Más silencios.

Tal vez nadie quiso enseñar que el cariño era peligroso, pero un corazón pequeño puede entender precisamente eso.

Y crecer sintiendo que necesita amor, mientras al mismo tiempo teme recibirlo.

Después llega el mundo.

Llegan las primeras amistades, las primeras ilusiones, la necesidad de pertenecer y esa etapa cruel en la que todavía estamos construyendo nuestra identidad mientras dejamos que otros decidan cuánto creemos valer.

Una traición que para un adulto podría parecer insignificante puede convertirse, para alguien que ya carga heridas anteriores, en una confirmación:

“No puedes confiar.”

Y así comienzan a construirse las armaduras.

Si todos pueden lastimarme, entonces debo hacerlo primero.

Si pueden abandonarme, nunca debo necesitar demasiado a nadie.

Si pueden engañarme, tengo que estar alerta.

Si alguien va a tener el poder de irse, necesito asegurarme de que perderme le duela más de lo que a mí me dolería perderlo.

Desde afuera puede parecer frialdad.

Por dentro, muchas veces, es miedo.

Cuando sobrevivir se parece demasiado a amar

Después pueden llegar heridas todavía más profundas.

Experiencias capaces de modificar la relación con el propio cuerpo, con la intimidad y con la confianza. Momentos en los que aquello que debería pertenecernos nuestros límites, nuestra seguridad, nuestra capacidad de decidir es vulnerado.

Y cuando el dolor no encuentra suficiente refugio, aprendemos algo peligroso:

a sobrevivir solos.

Seguimos funcionando.

Estudiamos.
Trabajamos.
Sonreímos.
Construimos relaciones.
Formamos familias.
Cumplimos responsabilidades.

Y podemos hacerlo tan bien que incluso nosotros olvidamos que hay una parte interna que continúa esperando ser cuidada.

El problema es que sobrevivir no significa necesariamente sanar.

Y tarde o temprano aquello que enterramos encuentra una puerta para salir.

Muchas veces esa puerta es el amor.

Porque ninguna relación ocurre solamente entre dos adultos.

También llegan a ella nuestras pérdidas, nuestros abandonos, nuestras traiciones, nuestros aprendizajes familiares, nuestras inseguridades y todas las versiones anteriores de nosotros mismos que alguna vez tuvieron miedo.

Por eso alguien puede decir:

“Necesito espacio”.

Y nosotros escuchar:

“Ya no te quiero”.

Puede disminuir el deseo y nosotros interpretar:

“Ya no soy suficiente”.

Puede existir una distancia temporal y nuestro cuerpo reaccionar como si estuviera nuevamente frente a todos aquellos que alguna vez se fueron.

No siempre estamos reaccionando únicamente al presente.

A veces el presente simplemente tocó una herida antigua.

Nos enseñaron a ser elegidos

A muchas personas les enseñaron a construir su valor alrededor de la aceptación de alguien más.

Ser agradables.

Ser útiles.

No incomodar demasiado.

Dar.

Cuidar.

Complacer.

Convertirse en aquello que supuestamente alguien podría amar.

Pero existe una diferencia enorme entre preguntarse:

“¿Qué tengo que hacer para que me elijas?”

y preguntarse:

“¿Esta es la forma en la que yo quiero ser amada?”

La primera pregunta nace del miedo.

La segunda, del amor propio.

Y aprenderla puede tomar años.

Porque poner límites resulta aterrador cuando crecimos creyendo que hacerlo podía provocar que dejaran de querernos.

Entonces toleramos.

Justificamos.

Esperamos.

Intentamos un poco más.

Nos hacemos más pequeños para que la relación tenga espacio.

Hasta que un día alguien, una experiencia o incluso nuestro propio cansancio nos enfrenta a preguntas que debimos aprender mucho antes:

¿Qué quiero?

¿Qué no estoy dispuesta a aceptar?

¿Qué necesito?

¿Qué merezco?

¿Estoy eligiendo esta relación o solamente tengo miedo de perderla?

Y ahí comienza otra vida.

No necesariamente una vida sin dolor.

Una vida con conciencia.

Pero incluso quien te enseña a amar puede herirte

Este quizá sea uno de los aprendizajes más difíciles.

Una persona puede enseñarte cosas hermosas y aun así equivocarse contigo.

Puede mostrarte que mereces recibir y después decepcionarte.

Puede ayudarte a descubrir partes de ti que desconocías y, aun así, convertirse también en parte de tus heridas.

Los seres humanos no caben fácilmente en las categorías de héroes y villanos.

Y aceptar eso duele.

Porque cuando finalmente bajamos la armadura y volvemos a confiar, una traición no lastima solamente por lo ocurrido.

Despierta todas las voces anteriores.

“Lo sabía.”

“No debiste confiar.”

“Todos terminan haciéndolo.”

“Algo debe faltarte.”

Entonces regresan los celos, la vigilancia, la comparación y la necesidad de controlar aquello que en realidad nunca podremos controlar: la decisión de otra persona.

Y quizá la pregunta más cruel:

“¿Qué tiene alguien más que yo no tuve?”

Pero esa pregunta casi nunca conduce a la paz.

Porque el comportamiento de otra persona no constituye una medición objetiva de nuestro valor.

Hasta que un día el rechazo toca todas las heridas al mismo tiempo

Hay épocas en las que llegamos al amor completamente agotados.

Después de una pérdida.

Después de una ruptura.

Después de años sobreviviendo.

Después de sentir que nuestra vida profesional perdió sentido.

Después de pasar demasiado tiempo cuidando de todos mientras dejamos de reconocernos.

Podemos vernos bien frente al espejo y sentirnos completamente vacíos por dentro.

Y entonces conocemos a alguien.

Queremos construir.

Queremos que esta vez funcione.

Pero, casi sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si somos felices y comenzamos a preguntarnos si somos suficientes.

¿Me ama suficiente?

¿Me desea?

¿Me necesita?

¿Me valora?

¿Qué debo cambiar?

¿Qué más puedo hacer?

Y convertirnos en “suficientes” para otra persona se transforma en una misión.

Ahí está la trampa.

Porque ninguna cantidad de belleza, entrega, disponibilidad, sexo, sacrificio, éxito o perfección puede garantizar el amor de otro ser humano.

Y vivir intentando conseguir esa garantía termina destruyendo precisamente a la persona que queríamos que alguien eligiera:

a nosotros mismos.

Tal vez sanar comienza con una pregunta diferente

Durante mucho tiempo podemos preguntarnos:

“¿Por qué no me aman como necesito?”

Hasta que algún día aparece otra pregunta:

“¿Por qué necesito que alguien me ame para poder sentir que valgo?”

Y esa pregunta cambia todo.

Sanar no significa olvidar.

No significa justificar a quienes hicieron daño.

Tampoco significa convertirse en una persona incapaz de sentir celos, miedo, tristeza o inseguridad.

Sanar significa poder reconocer cuándo está hablando el presente y cuándo está hablando una herida.

Significa dejar de castigar a nuestro cuerpo por las decisiones de otros.

Dejar de competir con personas que ni siquiera deberían formar parte de nuestra medida de valor.

Dejar de mendigar certezas imposibles.

Dejar de confundir ser deseados con ser valiosos.

Y, quizás lo más difícil:

entender que podemos amar profundamente a alguien sin abandonarnos para conseguir que nos ame.

Hay que sanar para amar

Pero también hay que sanar para saber cuándo quedarse.

Para saber cuándo irse.

Para recibir cariño sin sospechar de él.

Para poner límites sin sentir culpa.

Para entender que el rechazo de alguien no es una sentencia sobre nuestra belleza.

Para aceptar que no podemos obligar a nadie a elegirnos.

Y para recordar que nosotros también tenemos derecho a elegir.

Tal vez sanar sea mirar a todas nuestras versiones anteriores la niña asustada, la adolescente insegura, la mujer traicionada, la que soportó demasiado, la que quiso demostrar que era suficiente y dejar de avergonzarnos de ellas.

Todas hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.

Pero no tienen que dirigir nuestra vida para siempre.

Porque llega un momento en el que amar deja de consistir en conseguir que alguien se quede.

Consiste en poder estar frente a otra persona sin desaparecer nosotros mismos.

Y quizá ahí comienza el amor más difícil de todos:

el que ya no pregunta desesperadamente

“¿me eliges?”

sino que tiene la suficiente paz para preguntarse:

“¿yo también elijo esto?”

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